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EL CAÑÓN, LA PRESA Y LA CIUDAD QUE SIGUE CRECIENDO

Publicado: junio 22, 2026
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Hay lugares que cuentan la historia de una ciudad mejor que cualquier archivo municipal.

En Ensenada, uno de esos lugares es el corredor natural formado por el Cañón de Doña Petra y la Presa Emilio López Zamora.

Ahí están escritos, como en un libro abierto, nuestros aciertos, nuestros errores y nuestras contradicciones.

Porque basta recorrer sus senderos, observar sus laderas o contemplar el vaso de la presa para entender algo fundamental: el crecimiento urbano de Ensenada nunca ha sido solamente una cuestión de calles, fraccionamientos o permisos de construcción.

También ha sido una historia de agua.

De medio ambiente.

De planeación.

Y, por supuesto, de política.

Durante décadas, Ensenada fue una ciudad relativamente pequeña que crecía alrededor de su bahía, de sus actividades pesqueras, agrícolas, comerciales y turísticas.

Pero como ocurre en muchas ciudades mexicanas, el crecimiento llegó más rápido que la planeación.

La ciudad comenzó a extenderse hacia los cerros, los cañones y las zonas naturales que durante generaciones habían servido como corredores ecológicos, áreas de recarga hídrica y espacios de amortiguamiento frente a fenómenos naturales.

Entonces apareció una pregunta que los gobiernos de distintas épocas nunca terminaron de responder adecuadamente:

¿Hasta dónde puede crecer una ciudad sin destruir aquello que la hace habitable?

La respuesta parece sencilla.

Pero la realidad demuestra lo contrario.

El Cañón de Doña Petra no es solamente un espacio recreativo.

No es solamente un sendero para caminatas.

No es solamente un paisaje bonito para fotografías.

Es parte de un sistema ecológico que ayuda a capturar agua de lluvia, conservar biodiversidad y mantener un equilibrio ambiental dentro de una ciudad que cada año enfrenta mayores presiones urbanas.

Lo mismo ocurre con la Presa Emilio López Zamora.

Para muchos ciudadanos es solamente un cuerpo de agua visible desde ciertas vialidades.

Pero su función es mucho más importante.

La presa representa infraestructura hidráulica, control de avenidas pluviales, almacenamiento de agua y protección frente a inundaciones.

En otras palabras, no es un adorno.

Es una pieza estratégica para la seguridad de la ciudad.

Sin embargo, durante años las denuncias han sido recurrentes.

Descargas de aguas residuales.

Basura.

Azolve.

Ocupaciones irregulares.

Invasiones.

Cambios de uso de suelo.

Urbanización desordenada.

Y una sensación permanente de que las autoridades siempre llegan después del problema.

Nunca antes.

Lo preocupante es que estas denuncias no comenzaron ayer.

Han acompañado a administraciones municipales, estatales y federales de todos los colores políticos.

PAN.

PRI.

Morena.

Coaliciones.

Gobiernos de transición.

Todos han heredado el problema.

Y todos han prometido resolverlo.

Pero la realidad demuestra que el deterioro sigue avanzando más rápido que las soluciones.

Aquí es donde la historia se vuelve particularmente incómoda.

Porque las invasiones no ocurren en el vacío.

Los asentamientos irregulares no aparecen por generación espontánea.

Las construcciones en zonas sensibles no se levantan solas.

Siempre existe una cadena de responsabilidades.

Alguien vende.

Alguien compra.

Alguien autoriza.

Alguien tolera.

Alguien mira hacia otro lado.

Y muchas veces, detrás de cada invasión o desarrollo irregular, aparece una combinación explosiva de necesidad social, especulación inmobiliaria y debilidad institucional.

Es fácil culpar únicamente a quienes ocupan terrenos.

Pero la realidad suele ser más compleja.

Muchas familias llegan porque necesitan un lugar donde vivir.

El problema es que esa necesidad legítima termina chocando contra otra necesidad igualmente legítima: proteger los espacios que garantizan agua, seguridad y calidad ambiental para toda la ciudad.

Y cuando los gobiernos no generan suficientes alternativas de vivienda, la presión termina desplazándose hacia las áreas más vulnerables.

Entonces los cañones se convierten en colonias.

Las laderas se convierten en lotes.

Y las zonas de escurrimiento se convierten en calles.

Hasta que llega una tormenta.

Hasta que llega una inundación.

Hasta que llega una sequía.

Y la naturaleza presenta la factura.

La historia de Ensenada también es la historia de su relación conflictiva con el agua.

Vivimos en una región semidesértica.

Dependemos de fuentes limitadas.

Hemos enfrentado sequías prolongadas.

Hemos sufrido cortes, tandeos y crisis de abastecimiento.

Y aun así, durante años hemos permitido que áreas fundamentales para la captación y manejo del agua enfrenten deterioro constante.

Es una paradoja difícil de explicar.

Nos preocupa la escasez de agua.

Pero no siempre protegemos los espacios que ayudan a conservarla.

Nos preocupa el cambio climático.

Pero seguimos perdiendo áreas naturales urbanas.

Nos preocupa la calidad de vida.

Pero permitimos que los pulmones ecológicos de la ciudad se reduzcan gradualmente.

Y aquí entra la política.

Porque la política no debería limitarse a inaugurar obras.

La política también consiste en tomar decisiones impopulares cuando son necesarias para proteger el interés colectivo.

Decir no a desarrollos indebidos.

Aplicar la ley.

Hacer cumplir reglamentos.

Detener invasiones.

Proteger reservas.

Sancionar contaminadores.

Y eso rara vez genera aplausos inmediatos.

Pero genera algo más importante: futuro.

Quizá el verdadero problema es que los ciclos políticos duran tres o seis años.

Mientras que los daños ambientales pueden tardar décadas en manifestarse.

Un funcionario piensa en la siguiente elección.

La naturaleza piensa en la siguiente generación.

Y esa diferencia de tiempos suele ser devastadora.

Hoy el Cañón de Doña Petra y la Presa Emilio López Zamora representan mucho más que un debate ambiental.

Representan una pregunta sobre el tipo de ciudad que queremos ser.

¿Una ciudad que protege sus recursos estratégicos?

¿O una ciudad que los consume hasta que desaparecen?

Porque una vez perdido un ecosistema, recuperarlo puede tomar décadas.

Y en algunos casos, simplemente resulta imposible.

Al final, el verdadero debate no es sobre árboles, senderos, lotes o permisos.

Es sobre visión.

Sobre responsabilidad.

Sobre herencia.

Porque algún día nuestros hijos y nuestros nietos preguntarán qué hicimos cuando todavía era posible proteger estos espacios.

Y entonces tendremos que responder.

Si defendimos el agua.

Si defendimos la naturaleza.

Si defendimos la ciudad.

O si simplemente seguimos creciendo sin preguntarnos hacia dónde.

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