No me olviden
No me olviden, el sábado dieciocho de julio de dos mil veintiséis mi día comenzó con tres canciones.
La primera llegó por WhatsApp. Me la compartió mi amigo César Mancillas, exalcalde de Ensenada, buena persona y mejor amigo de muchos, muchos, muchos.
César es panista de toda la vida. Se fue del PAN, sí, pero el PAN nunca terminó de irse de él. Lo lleva en la memoria, en la formación política y casi podría decirse que en el sistema inmunológico.
Es político de vieja guardia. De una generación en la que todavía existían ciertos códigos, cierta vergüenza pública y una idea más clara de que el poder también implicaba responsabilidad.
Porque antes, con todo lo malo que hoy se quiera atribuir al pasado, los escándalos sí provocaban renuncias. Rodaban cabezas. Había consecuencias.
Ahora no.
Ahora la impunidad se presenta en conferencia de prensa, se envuelve en propaganda y hasta exige aplausos.
La canción que César me envió fue “Agárrense de las manos”, interpretada por José Luis Rodríguez.
Y de inmediato regresé a mil novecientos ochenta y nueve.
A la campaña de Ernesto Ruffo Appel.
Aquella canción fue adoptada por la gente como un himno. No había redes sociales, pero fue viral a su manera: en las calles, en las casas, en los automóviles, en los mítines y en la memoria colectiva de Baja California.
La gente adoptó la canción del Puma.
Y también adoptó a Ruffo.
Lo convirtió en una figura cercana, en símbolo de alternancia y, durante mucho tiempo, en una especie de hijo predilecto de esta tierra.
En todo eso pensaba mientras me caía el agua de la regadera.
La canción terminó y el algoritmo decidió la siguiente: “Hombre”, de José María Napoleón.
Entonces regresé todavía más lejos.
A mil novecientos ochenta y uno.
Esa canción fue el número musical de mi graduación de primaria. En escuela pública, mixta, urbana y federal. Nada «fifí». Seis años con maestras extraordinarias, mujeres que enseñaban con vocación, disciplina y mucho cariño.
Una chulada de personas.
Mientras tarareaba la canción, recordé su mensaje esencial: asumir la vida, no interrumpir la jornada, mirar la espina junto a la rosa, reconocer el dolor para comprender la alegría y agradecer la oportunidad de vivir y trabajar.
Y en ese momento pensé en la conversación que tuvimos con Araceli Brown, ex alcaldesa de Rosarito y hoy diputada federal de MORENA.
Hablábamos de los programas sociales.
Yo le dije, palabras más o menos, «…estamos metiendo a nuestro país en una mediocridad…»
Ella respondió:
—»Yo no coopero para eso… Estamos no. A mi no me pongas en ese saco…»
Y tuvo razón en algo.
No debía incluirla en un “estamos” colectivo.
Son ellos.
Los integrantes de la llamada Cuarta Transformación.
Son ellos quienes han convertido el apoyo social en una narrativa de dependencia política. Son ellos quienes han confundido derechos con favores, ciudadanía con clientela y política pública con propaganda electoral.
Ayudar al que lo necesita es una obligación del Estado.
Pero condenarlo a depender siempre del poder no es justicia social.
Es administración de la pobreza.
Es formar generaciones que esperen una transferencia, pero no necesariamente una oportunidad; que reciban dinero, pero no educación de calidad; que obtengan una tarjeta, pero no condiciones para crecer, producir y construir una vida independiente.
La política social debería ayudar a levantarse.
No enseñar a permanecer de rodillas.
Tomé la toalla. Las ideas ya me habían salpicado y todavía no sabía exactamente qué iba a escribir.
Entonces comenzó la tercera canción:
“Un velero llamado Libertad”, de José Luis Perales.
Y fue como si el algoritmo hubiese decidido rematar la reflexión con sentido del humor.
Un hombre que toma sus cosas, se enfrenta al mar y decide navegar.
La libertad convertida en travesía.
Sonreí.
Porque a veces una canción llega como recuerdo.
A veces como advertencia.
Y a veces como respuesta.
Perales escribió aquella historia en mil novecientos setenta y nueve, sin saber que décadas después muchos seguiríamos necesitando esa imagen para comprender que la libertad nunca es un puerto definitivo.
Es un velero.
Se gana, se cuida, se repara y se vuelve a defender cada vez que el poder intenta hundirla.
Y ahí apareció nuevamente Ernesto Ruffo.
No el joven candidato de mil novecientos ochenta y nueve.
No el primer gobernador de oposición reconocido después de décadas de dominio de un solo partido.
Sino el hombre de setenta y cinco años que hoy enfrenta uno de los momentos más duros de su vida.
Quienes lo conocen, quienes compartieron con él una etapa fundamental de la historia política de Baja California y quienes decidieron acompañarlo, nos ofrecieron sus testimonios durante nuestra transmisión en vivo.
Muchos jóvenes quizá no saben quién es.
No vivieron su gobierno.
No presenciaron aquella elección.
No han conversado con él ni conocen directamente su carácter, sus aciertos, sus errores o la dimensión política de lo que representó.
Tal vez sólo lo identifiquen por las imágenes recientes.
Y ése es precisamente el peligro.
Que una vida pública completa termine reducida a una fotografía.
Que décadas de historia sean sustituidas por unos segundos de humillación.
Que una acusación se convierta anticipadamente en sentencia.
Escuchar a quienes lo conocen no sustituye una investigación.
Tampoco determina su inocencia.
Pero aporta una dimensión humana que debe considerarse antes de permitir que el poder destruya una reputación mediante la exhibición pública.
La justicia debe resolver con pruebas.
Con expedientes.
Con defensa.
Con jueces.
Con debido proceso.
No con filtraciones.
No con propaganda.
No con fotografías diseñadas para instalar una condena anticipada.
Lo ocurrido con Ernesto Ruffo no es solamente un atentado contra su libertad.
Es algo todavía más grave:
un nuevo golpe al Estado de derecho.
Porque cuando la Fiscalía puede exhibir a una persona como culpable antes de demostrarlo, ninguno de nosotros está realmente protegido.
Hoy puede ser un exgobernador.
Mañana puede ser un empresario.
Un periodista.
Un opositor.
Un ciudadano cualquiera.
El Estado de derecho no existe para proteger solamente a los inocentes.
Existe para obligar al poder a probar la culpabilidad.
Y eso es justamente lo que nos separa de la arbitrariedad.
La imagen final de Ruffo es dolorosa.
Un hombre mayor, encadenado, caminando sin resistencia, mientras un policía presiona su cabeza hacia abajo para obligarlo a subir a un vehículo.
Una escena innecesaria.
Humillante.
Infame.
Una imagen que el poder quiso capitalizar.
Pero entonces Ruffo levantó la voz.
No gritó una consigna.
No pronunció un discurso.
No pidió venganza.
Alcanzó a decir solamente:
“No me olviden”.
Y esas tres palabras cambiaron el sentido de la imagen.
El poder quiso mostrar a un hombre derrotado.
Pero terminó mostrando a un hombre pidiendo memoria.
“No me olviden” no fue únicamente un mensaje para sus amigos, para los panistas o para quienes vivieron aquella elección de mil novecientos ochenta y nueve.
Fue un mensaje para Baja California.
Para México.
Para quienes todavía creen que la justicia debe demostrar y no solamente acusar.
Para quienes sabemos que la libertad no se hereda para siempre.
Y para los jóvenes que quizá no conocen a Ernesto Ruffo, pero que deberían conocer la historia que hizo posible que un día el poder pudiera cambiar de manos.
Hoy mi sábado comenzó con tres canciones.
Una me llevó a mil novecientos ochenta y nueve.
Otra me regresó a la primaria.
La tercera me recordó que la libertad es un velero que siempre debe continuar navegando.
Y todas terminaron llevándome al mismo punto:
A un hombre de setenta y cinco años.
A una imagen que pretende destruir una historia.
Y a tres palabras que nadie debería ignorar:
No me olviden.
⭕ OJO | “NO ME OLVIDEN”, LAS ÚLTIMAS PALABRAS DE RUFFO APPEL ANTES DE SER LLEVADO A LA CÁRCEL
El exgobernador de Baja California, Ernesto Ruffo Appel, pasó de presumir su legado político a pedir que “no lo olviden” mientras era trasladado bajo un fuerte operativo de seguridad… pic.twitter.com/0FCTum8BQ3
— Los Reporteros MX (@ReporterosMX_) July 17, 2026
Temas: Baja California, Ensenada, Ernesto Ruffo, No me olviden, preso político
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