El privilegio de seguir ejerciendo poder después del poder
El privilegio de seguir ejerciendo poder después del poder. Hay ex presidentes que dejan el poder. Y hay expresidentes cuya sombra sigue ocupando espacio, consumiendo atención pública, tensando instituciones y metiéndose, una y otra vez, en la relación de México con otros países.
Andrés Manuel López Obrador construyó durante años buena parte de su autoridad política denunciando los privilegios de quienes habían ocupado la Presidencia antes que él.

Las pensiones de los ex presidentes eran un exceso.
Los enormes dispositivos de seguridad eran un exceso.
El Estado Mayor Presidencial era un exceso.
Los privilegios de la llamada “clase política” eran una afrenta al pueblo.
Y en efecto, durante su gobierno se eliminaron las pensiones especiales de los expresidentes y se desmontó el viejo esquema del Estado Mayor Presidencial.
Pero la historia tiene una habilidad extraordinaria para fabricar ironías.
Cuando López Obrador dejó Palacio Nacional en 2024, la Secretaría de la Defensa Nacional confirmó, mediante una solicitud de información, que el expresidente contaba con un esquema de seguridad y protección proporcionado por militares en su propiedad de Palenque. Además, comenzó a recibir una pensión de 21 mil 659 pesos mensuales derivada de sus derechos pensionarios; no se trata de la antigua pensión especial presidencial que él mismo combatió.
Hasta ahí podríamos discutir pesos y centavos.
Pero hoy el costo es mucho más amplio.
El costo de AMLO después de AMLO también es político, institucional y diplomático.
La noche del 13 de agosto, Andrés Manuel López Beltrán difundió una carta dirigida nada menos que al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, para denunciar que le fue retirada su visa.
En ella acusa directamente al secretario de Estado Marco Rubio y al subsecretario Christopher Landau de haber ordenado la medida por razones políticas. Los califica con expresiones extraordinariamente graves: habla de una actuación “al estilo hitleriano”, los acusa de comportarse como “jefes de pandillas” y plantea incluso a Trump que, si no estaba enterado, debería destituirlos.
Donald Trump es actualmente presidente de Estados Unidos, mientras Marco Rubio ocupa la Secretaría de Estado y Christopher Landau es el subsecretario de Estado.
Pensemos por un momento en la dimensión del asunto.
No estamos hablando de un ciudadano cualquiera que perdió una visa y escribió indignado en sus redes sociales.
Estamos hablando del hijo del expresidente de México, fundador del partido gobernante, exintegrante de la dirigencia nacional de Morena y aspirante a continuar su carrera electoral.
Y estamos hablando de una carta en la que desafía públicamente a dos de los principales responsables de la política exterior estadounidense y pide directamente la intervención del presidente de aquel país.
Todo esto mientras México intenta administrar una relación extraordinariamente delicada con Washington en asuntos de narcotráfico, seguridad, migración, comercio y soberanía.
Además, la cancelación de visas a políticos mexicanos ya forma parte de una estrategia mucho más amplia de Washington. Reuters documentó en 2025 que Estados Unidos había retirado visas a más de 50 políticos y funcionarios mexicanos; el Departamento de Estado explicó entonces que un visado puede revocarse cuando considere que existen actividades contrarias al interés nacional estadounidense y que Washington no tiene obligación de hacer públicas las razones individuales.
Por eso hay algo que todavía no sabemos.
No sabemos públicamente por qué le retiraron la visa a Andrés Manuel López Beltrán.
Él afirma que es una represalia política.
Hasta ahora no existe información pública que permita afirmar que la cancelación constituye prueba de la comisión de algún delito.
Pero tampoco basta con que el propio afectado declare que no existe ninguna razón.
Una visa estadounidense no es un derecho constitucional mexicano ni una condecoración a la buena conducta. Es una autorización soberana de otro Estado y puede ser retirada bajo las leyes y políticas de ese país.
La presidenta Claudia Sheinbaum ya salió a defender una interpretación política del asunto. Esta mañana afirmó que, en su opinión, las cancelaciones a personas políticamente expuestas tienen un sentido esencialmente político y cuestionó que el criterio no sea aplicado de manera uniforme entre países.
Para sorpresa de nadie, @Claudiashein sale a defender a Andy con la misma cantaleta de siempre: “pruebas, pruebas, pruebas”.
La misma que usa para blindar a sus narco-políticos.
— LuisCardenasMX (@LuisCardenasMx) August 14, 2026
Y ahí vuelve a aparecer la paradoja.
López Obrador llegó al poder prometiendo separar al poder político de los privilegios familiares.
Prometió una República austera.
Prometió que los servidores públicos vivirían en la justa medianía.
Prometió que los hijos del presidente no serían parte de una nueva aristocracia política.
Pero seis años después de haber llegado a Palacio Nacional y casi dos después de haberlo dejado, México sigue discutiendo a López Obrador, a sus hijos, sus relaciones, sus negocios cuestionados por investigaciones periodísticas, sus aspiraciones políticas y ahora incluso sus problemas migratorios con Estados Unidos.
Y cada nueva controversia termina llegando a Palacio Nacional.
Termina provocando preguntas a la presidenta.
Termina involucrando a la diplomacia.
Termina convirtiéndose en un problema para el partido gobernante.
Termina siendo un asunto nacional.
Por eso, cuando digo que AMLO y su descendencia nos están saliendo caros, no hablo solamente de dinero.
Sería irresponsable inventar una factura que no podemos documentar.
Hablo del costo de mantener al país atrapado alrededor de una familia política.
Del costo de las explicaciones.
Del costo de las contradicciones.
Del desgaste institucional.
Del tiempo gubernamental dedicado a defender, explicar o deslindar.
Y ahora también, del costo diplomático de convertir una visa personal en una controversia entre figuras políticas de México y Estados Unidos.
López Obrador dedicó décadas a combatir la idea de que México perteneciera a unas cuantas familias.
Quizá por eso resulte tan incómoda la pregunta:
¿Cuándo dejamos de hablar del gobierno de López Obrador y empezamos a hablar de la familia López Obrador como una estructura permanente de poder?
Porque los privilegios pueden desaparecer del presupuesto.
Pero cuando el apellido continúa condicionando partidos, candidaturas, debates nacionales y relaciones internacionales, aparece otro privilegio mucho más difícil de contabilizar.
El privilegio de seguir ejerciendo poder después del poder. AMLO combatió durante años los privilegios de los expresidentes. Hoy, casi dos años después de dejar Palacio Nacional, su apellido sigue condicionando debates, instituciones, candidaturas y hasta la relación con Estados Unidos.
Porque los privilegios pueden desaparecer del presupuesto. Pero cuando el apellido continúa condicionando partidos, candidaturas, debates nacionales y relaciones internacionales, aparece otro privilegio mucho más difícil de contabilizar: el privilegio de seguir ejerciendo poder después del poder.
Temas: AMLO, Andrés Manuel López Beltrán, Andrés Manuel López Obrador, corrupción, herencia política, influencia, La Visa de Andy, opinión, poder, privilegio
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