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Marina del Pilar, los audios y la soberanía selectiva

Publicado: junio 22, 2026
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La política mexicana tiene una habilidad extraordinaria para producir ironías. Y pocas son tan incómodas como la que hoy vive Baja California. Durante años hemos escuchado discursos sobre soberanía nacional.

Hemos escuchado llamados a rechazar la injerencia extranjera. Hemos escuchado condenas contra gobiernos que opinan sobre asuntos internos de México. Hemos escuchado conferencias completas defendiendo el principio de que ningún país extranjero debe intervenir en nuestras decisiones.

La palabra soberanía se convirtió en bandera. En discurso. En narrativa. En identidad política.

Por eso resulta particularmente interesante lo que ha revelado el periodista Héctor de Mauleón en una columna reciente, donde afirma que la gobernadora de Baja California, Marina del Pilar Ávila Olmeda, habría buscado acercamientos con personas descritas como intermediarios o asesores vinculados a instancias estadounidenses para explorar posibles salidas ante las presiones e investigaciones que se mencionan en diversos reportes periodísticos.

Hay que ser muy claros.

Una columna periodística, un audio filtrado o una investigación en desarrollo no constituyen una sentencia. No prueban culpabilidades. No sustituyen a los tribunales. Y tampoco convierten automáticamente una acusación en verdad. Pero sí abren preguntas.

Y en democracia las preguntas importan.

Sobre todo cuando quienes las reciben son figuras públicas con enorme responsabilidad institucional. Porque aquí no estamos hablando únicamente de una gobernadora. Estamos hablando de una narrativa política completa. La misma narrativa que durante años ha sostenido que los problemas de México deben resolverse en México. La misma narrativa que rechaza cualquier influencia externa cuando resulta incómoda.

La misma narrativa que suele denunciar intervencionismo cuando las observaciones provienen de Washington. Sin embargo, si las versiones publicadas son ciertas, la contradicción resulta evidente.

Porque entonces el mensaje sería algo así:

«No queremos que Estados Unidos intervenga… excepto cuando necesitamos hablar con Estados Unidos.»

«No aceptamos injerencias… excepto cuando buscamos acuerdos.»

«No reconocemos presiones externas… excepto cuando las presiones externas nos alcanzan.»

Y ahí es donde aparece el verdadero problema. No es un asunto jurídico. Es un asunto de credibilidad. Porque la confianza pública se construye con coherencia. Y la coherencia exige que los mismos principios se apliquen siempre. No solamente cuando convienen políticamente.

La ciudadanía puede aceptar errores. Puede aceptar investigaciones. Puede aceptar procesos. Lo que difícilmente acepta son los dobles discursos. Porque si la soberanía es un principio, debe aplicarse para todos. Si la colaboración internacional es válida, debe reconocerse abiertamente. Y si existen investigaciones o cuestionamientos, la mejor respuesta no suele ser el silencio, sino la transparencia.

Lo que vuelve especialmente delicado este episodio es que ocurre en un momento en que varias figuras políticas mexicanas han sido mencionadas en reportes, investigaciones periodísticas y versiones relacionadas con presuntas indagatorias estadounidenses.

Por eso el tema rebasa a una sola persona. Lo que está en juego no es únicamente el futuro político de Marina del Pilar.

Lo que está en juego es la confianza de una sociedad que observa cómo el discurso público y las acciones privadas parecen caminar por carriles distintos.

Y cuando eso ocurre, el daño no lo resiente solamente un gobierno. Lo resiente la credibilidad de las instituciones. Al final, la pregunta más importante no es si hubo reuniones. No es si existieron intermediarios. No es si hubo llamadas o acercamientos.

La pregunta verdaderamente importante es otra:

¿Por qué una gobernante tendría que buscar explicaciones fuera del país si dentro del país no existe nada que explicar?

Porque cuando la confianza es sólida, las dudas se resuelven de frente. Cuando la confianza se debilita, aparecen los rumores. Y cuando los rumores encuentran contradicciones, comienzan los problemas políticos.

La soberanía, como la confianza, tiene una característica incómoda.

No funciona por temporadas. No puede invocarse solamente cuando conviene. No puede utilizarse contra unos y olvidarse frente a otros.

Porque si la soberanía es un principio, debe aplicarse siempre. Y si la transparencia es una obligación, también.

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